A los que me debo

Amigos, si de júbilo fue el Día de la Rebeldía Nacional para mi pueblo, así de grande es el duelo que nos embarga en los días que siguieron. Sí, pudiera escribirlos yo, pero no creo que mejor que nuestro Fidel en su alegato. Por eso, aunque quizás un poco extenso, comparto con ustedes sus palabras. Duro, muy duro ha de haber sido para él escribir cada una de estas letras. Lo siento, porque muy triste ha sido para mí transcribirlas.

Mi Revolución no es perfecta, la construimos cada día cubanos y cubanas, y cuando leo la historia de mi Patria, no puedo más que repeler al tirano que aún se ensaña con nuestros pueblos y en nombre de mis muertos declararme en plena lucha.

“Multiplicad por diez el crimen del 27 de noviembre de 1871 y tendréis los crímenes monstruosos y repugnantes del 26, 27, 28 y 29 de julio de 1953 en Oriente. Los hechos están recientes todavía, pero cuando los años pasen y el cielo de la Patria se despeje, cuando los ánimos exaltados se aquieten y el miedo no turbe los espíritus, se empezará a ver en toda su espantosa realidad la magnitud de la masacre, y las generaciones venideras volverán aterrorizadas los ojos hacia este acto de barbarie sin precedentes en nuestra historia.

Aquí todas las formas de crueldad, ensañamiento y barbarie fueron sobrepasadas. No se mató durante un minuto, una hora, un día entero, sino que en una semana completa, los golpes, las torturas, los lanzamientos de azotea y los disparos no cesaron un instante como instrumentos de exterminio manejados por artesanos perfectos del crimen.

El Cuartel Moncada se convirtió en un taller de tortura y de muerte y unos hombres indignos convirtieron el uniforme militar en delantales de carniceros. Los muros se salpicaron de sangre; en las paredes las balas quedaron incrustadas con fragmentos de piel, sesos y cabellos humanos, chamusqueados por los disparos a boca de jarro, y el césped se cubría de oscura y pegajosa sangre (…)

Terminado el combate se lanzaron como fieras enfurecidas sobre la ciudad de santiago de Cuba y contra la población indefensa saciaron las primeras iras. En plena calle y muy lejos del lugar donde fue la lucha, le atravesaron el pecho de un balazo a un niño inocente que jugaba junto a la puerta de su casa, y cuando el padre se acercó para recogerlo, le atravesaron la frente con otro balazo.

Y si de esta forma actuaron con los que no habían participado en la acción, ya puede suponerse la horrible suerte que corrieron los prisioneros participantes, o que ellos creían habían participado (…)

El primer prisionero asesinado fue nuestro médico, el Doctor Mario Muñoz, que no llevaba armas ni uniforme y vestía su bata de galeno, un hombre generoso y competente, que hubiera atendido con la misma devoción, tanto al adversario como al amigo herido. En el camino del Hospital Civil al cuartel le dieron un tiro por la espalda y allí lo dejaron tendido boca-bajo en un charco de sangre. Pero la matanza en masa de prisioneros no comenzó hasta pasadas las tres de la tarde.

Batista dijo que era una vergüenza y un deshonor para el Ejército haber tenido en el combate tres veces más bajas que los atacantes y que había que matar diez prisioneros por cada soldado muerto. ¡Esta fue la orden!

En medio de las torturas les ofrecían la vida a los combatientes, si traicionando su posición ideológica se prestaban a declarar falsamente que Prío le había dado el dinero y como ellos rechazaban indignados la proposición, continuaban torturándolos horriblemente. Les trituraron los testículos y les arrancaron los ojos, pero ninguno claudicó ni se oyó un lamento ni una súplica; aun cuando les habían privado de sus órganos viriles, seguían siendo mil veces más hombres que todos sus verdugos juntos.

No respetaron ni siquiera a los heridos en el combate que estaban recluidos en distintos hospitales de la ciudad a donde los fueron a buscar como buitres que siguen a la presa. En el Centro Gallego penetraron hasta el salón de operaciones en el instante mismo en que recibían transfusión de sangre dos heridos graves; los arrancaron de las mesas, y como no podían estar en pie los llevaron arrastrando hasta la planta baja donde llegaron cadáveres.

A Pedro Miret, Abelardo Crespo y Fidel Labrador les inyectaron aire y alcanfor en las venas para matarlos en el Hospital Militar.

Por las madrugadas eran sacados del campamento grupos de hombres y trasladados en automóvil a Siboney, La Maya, Songo y otros lugares, donde se les bajaba atados y amordazados, ya deformados por las torturas, para matarlos en parajes solitarios. Después los hacían contar como muertos en combate con el Ejército. Esto lo hicieron durante varios días y muy pocos prisioneros de los que iban siendo detenidos sobrevivieron.

A muchos los obligaban antes a cavar su propia sepultura. Uno de los jóvenes cuando realizaba aquella operación se volvió y marcó en el rostro con la pica a uno de los asesinos. Otros, inclusive, los enterraron vivos con las matos atadas a la espalda. Muchos lugares solitarios sirven de cementerio a los valientes, solamente en el campo de tiro del Ejército hay cinco enterrados. Algún día serán desenterrados y llevados en hombros del pueblo hasta el monumento que junto a la tumba de Martí la Patria libre habrá de levantarles a los “Mártires del Centenario”.

Cerca del Río Cauto, en un lugar conocido por Barrancas, yacen en el fondo de un pozo ciego los cadáveres de Raúl de Aguiar, Armando del Valle y Andrés Valdés, asesinados a media noche en el camino de Alto Cedro a Palma Soriano, por el Sargento Montes de Oca, Jefe de Puesto del Cuartel de Miranda, el Cabo Maceo y el Teniente Jefe de Alto Cedro, donde aquéllos fueron detenidos.

Para mis compañeros muertos no clamo venganza. Como sus vidas no tenían precio, no podrían pagarlas con las suyas todos los criminales juntos. No es con sangre como pueden pagarse la vida de los jóvenes que mueren por el bien de un pueblo; la felicidad de ese pueblo es el único precio digno que puede pagarse por ellas.

¡O Cuba no es Cuba, o los responsables de estos hechos tendrán que sufrir un escarmiento terrible!

Mis compañeros, además, no están ni olvidados ni muertos; viven hoy más que nunca y sus matadores han de ver aterrorizados como surgen de sus cadáveres heroicos el espectro victorioso de sus ideas”.

Plan contra plan

Hace algunas horas comentaba que nada ni nadie evitaría que cubanos y venezolanos celebráramos juntos el Día de la Rebeldía Nacional, así está sucediendo. Himnos de Cuba y de la República Bolivariana de Venezuela escuchados y cantados en tierra villaclareña así lo han demostrado.

Alí Rodríguez Araque, Ministro de Energía Eléctrica, habló en representación de la hermana nación y sus palabras recordaron el derecho inalienable que les asiste a defenderse de cualquier agresión, militar o de otra índole.

Si muchas veces hemos repetido que Cuba, al salvarse salva, estar hoy con Venezuela es, además de un deber, una vía de preservar las conquistas sociales y políticas allí alcanzadas para su pueblo, es mantener activo ese renacer que se da hoy en Nuestra América.

Nosotros no tememos, temen quienes gestan golpes y agresiones, quienes ejercen presiones externas, quienes fabrican oposiciones internas y las alimentan. Temen a la unidad de nuestros pueblos, porque conocen el poder de esta arma.

De unirnos es el momento. Por Venezuela, por Bolivia, por Cuba, por el continente, por el Planeta.

Para algunos, en Venezuela se viven momentos de tensión, yo, modestamente, afirmaría: el mundo vive momentos de urgentes tomas de decisiones.

Nadie debe ver ajenos los sucesos que ocurren hoy en la tierra de Bolívar. Las bases continúan en Colombia y no serán de uso exclusivo contra los venezolanos. No dejemos confundirnos con falacias discursivas, las armas no son para jugar, no tienen nombres y apellidos, representan un peligro para todos.

Así que se harán urgentes los Moncada, el espíritu de la Generación del Centenario y habrá hasta que dormir de verde olivo, como lo ha hecho Cuba, para preservar nuestra Revolución durante más de 50 años.

Recordemos a entonces a Martí, “A un plan obedece nuestro enemigo: de enconarnos, dispersarnos, dividirnos, ahogarnos. Por eso obedecemos nosotros a otro plan: enseñarnos en toda nuestra altura, apretarnos, juntarnos, burlarlo, hacer por fin a nuestra patria libre. Plan contra plan.»

Detalles de un heroico 26 de julio

Renato Guitart hizo el croquis del Cuartel Moncada, localizó casas y lugares de alojamiento.

Fue Ernesto Tizol quien alquiló la histórica Granjita Siboney, a unos 12 kilómetros de la ciudad de Santiago de Cuba. Allí se guardarían armas y uniformes enviados desde la capital. Llegado el momento, éste  sería el punto de concentración de los asaltantes. Aquí estarían también Haydeé y Melba.

El domingo 26 de julio miles de cubanos festejarían en los carnavales santiagueros. Las tradicionales fiestas populares harían pasar inadvertidos el traslado de los combatientes, así como de las armas que utilizarían en las acciones.

Aunque muchos miembros del Movimiento 26-7 no conocían del lugar, día y hora de las acciones militares, coincidían en ellos el patriotismo, la valentía y los ideales revolucionarios.

Ese sentimiento los unía, como nos une hoy a todos los cubanos, alrededor del mismo líder, de aquel que condujo a la Generación del Centenario y sembró en los pinos nuevos la eterna presencia del ideario martiano.

El motor pequeño que arrancó el motor grande

Para derrocar a la tiranía, tomar el poder político y hacer la Revolución era imprescindible  el apoyo del pueblo, era necesario movilizar a las masas obreras y campesinas. Hacía falta una vanguardia: la Generación del Centenario.

En esa época decía Fidel era necesario un motor pequeño que ayudara a arrancar el motor grande. De ahí que se plantearan una acción inicial, el ataque sorpresivo a un cuartel de la tiranía: el Cuartel Moncada de Santiago de Cuba.

Se escoge la fortaleza por estar alejada de la capital, lo que demoraría la llegada de refuerzos, a lo que sumaba la cercanía a la Sierra Maestra, lo que propiciaría el paso acelerado a la lucha guerrillera si fuese necesario.

Existían también aquí condiciones subjetivas, el pueblo oriental poseía una heroica tradición de lucha a lo largo de nuestra gesta emancipadora, lo que brindaba mayores probabilidades de respaldo a la sublevación armada, con toda la combatividad y patriotismo necesarios.

Otros puntos debían ser dominados  luego de tomado el Moncada, entre ellos la Policía Nacional, la Marina de Guerra y la Policía Marítima radicados en Santiago de Cuba.

Habían previsto, incluso, ocupar una estación radial para transmitir el Manifiesto del Moncada, himnos, la grabación del último discurso de Eduardo Chibás y llamarían a la huelga general.

Las armas capturadas se entregarían al pueblo para sublevar a una región y tratar de mantenerla hasta que la lucha se extendiera a toda la nación. En caso de no lograr el derrocamiento inmediato de la dictadura, la guerra de guerrilla estaba contemplada.

Algunas acciones de apoyo también fueron planificadas como el ataque al Cuartel de Bayamo y la voladura de varios puentes sobre el río Cauto, lo que cerraría el paso hacia el sur de Oriente a los refuerzos de la tiranía.

Así se concibió la gesta heroica.

¿Quién podría pensar en aquella época en una Revolución contra un ejército?

Nadie lo haría. Pero un puñado de hombres soñaba  con que era posible derrocara a la tiranía batistiana. No eran muchos para luchar contra todo un ejército, pero suficientes para desatar la inmensa energía del pueblo que sí era capaz de derrotar al régimen. Ellos arrebatarían las armas al enemigo para proveer a esos hombres y mujeres.

Para la mayoría era absurda la idea de hacer una Revolución en tan adversas circunstancias, sin un solo centavo para comprar armas. Únicamente hombres de pueblo, humildes, sentían aquella fe inquebrantable de que sí era posible llevar a cabo tal lucha sin dejar de creer en la victoria.

Lo que para muchos era un sueño irrealizable para estos jóvenes era una necesaria realidad para un futuro no muy lejano. Así fue como la Generación del Centenario asaltó el Cuartel Moncada aquel 26 de julio de 1953: con armas de ideas martianas y la convicción profunda de que era necesaria una sociedad “…de los humildes y para los humildes….con todos y para el bien de todos…”

Más de un siglo de explotación, saqueo e ignominias alimentaban las ansias de lucha y la rebeldía de aquella juventud indómita, a la que no le faltaban paradigmas a imitar. Vuelvo a recordar entonces aquella frase del indiscutible líder de la Revolución Cubana al afirmar que nuestro proceso revolucionario es único, continuo y ascendente, el mismo que inició Carlos Manuel de Céspedes el 10 de octubre de 1868. Y es muy cierto, ellos hoy hubiesen sido como nosotros, nosotros, como ellos.

Eso fue y seguirá siendo aquella gesta heroica del Moncada, una muestra irrefutable de que la continuidad de nuestro patriotismo épico está garantizada, herencia de generaciones de cubanos dignos, vivos hoy en René, Ramón, Fernando, Gerardo y Antonio, paradigmas de lo más genuino de la juventud cubana actual.

¿Cuándo se quitó Fidel el uniforme verde olivo?

Fidel siempre estará de verde olivoVer a Fidel en el noticiero inspiró en mi el deseo irresistible de escribir estas líneas. Depositó flores ante los nichos, rindió homenaje a los mártires del 26 de julio en el Mausoleo  que los honra en el municipio de Artemisa. Con esa mirada profunda de quien repasa los hechos, evocó los recuerdos de la contribución enorme de estos jóvenes artemiseños.

Su interés por conocer acerca del traslado de los cinco combatientes que aún no descansan en el Mausoleo es otra muestra de su sensibilidad infinita, lealtad y compañerismo. Se veía emocionado junto a sus compañeros de tantas batallas.

Y en medio del recuento histórico, no pudo eludir a ese Fidel previsor que vive en él como una herencia martiana. Fue entonces que habló de la tragedia ambiental que vive la humanidad, de los peligros que se nos avecinan.

Un mensaje a los combatientes de Artemisa y de toda Cuba retuvo en silencio a quienes queríamos saber qué tenía que decirnos el líder de la Revolución. Y sí, sentía el privilegio de ser de los pocos que aún nos honran estando con nosotros. Sí, porque el privilegio es nuestro. Él volvería con gusto a asaltar otros Moncada si fuese necesario.

Algunos enemigos de la Patria dicen en las redes sociales  que Fidel volvió a enfundarse el uniforme verde olivo y yo me pregunto:

Alguna vez se lo quitó?

Nuestro pensamiento revolucionario no ha cesado de evolucionar y sigue siendo el mismo de Martí. Somos prueba de lo que puede lograr un pequeño país frente a un imperio poderoso cuando le asiste la razón.

Inevitable recordar a los CINCO, ellos están aquí. Ramón, Gerardo, René, Fernando y Antonio son símbolos de la continuidad del ideario martiano que inspiró la gesta heroica del Moncada. El ensañamiento del imperio engrandece su heroísmo.

Emocionado y conmovido, Fidel advirtió nadie puede privarnos del derecho de soñar por un futuro mejor, nadie puede arrebatarnos el derecho de celebrar con alegría este día de gloria.

Así lo hará mi Santiago

Fidel nunca se ha quitado el uniforme verde olivo. Fidel sigue y seguirá siendo el del Moncada y al recordar a nuestros CINCO hermanos reafirmó, una vez más, ser el compañero eterno que nunca desampara a sus compatriotas de lucha.

Fidel siempre será nuestra guía y ejemplo. Salud para ti mi eterno Comandante verde olivo. Feliz Día de la Rebeldía Nacional a todos los cubanos, que dentro y fuera de la isla honran a la Generación del Centenario. El futuro es nuestro.