Inaugurada Exposición “Así te recordamos Comandante”.

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INSTANTÁNEAS DE GRAN FORMATO QUE REFLEJAN DISTINTAS FACETAS Y MOMENTOS DE LA VIDA DEL COMANDANTE DE LA REVOLUCIÓN JUAN ALMEIDA BOSQUE EXPUESTAS EN EL MUSEO 26 DE JULIO DEL OTRORA CUARTEL MONCADA, HOY CIUDAD ESCOLAR 26 DE JULIO. Anuncios

Restauran área monumental de las acciones del 26 de julio

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Actualmente se restauran los muros del otrora Cuartel Moncada, convertido en Ciudad Escolar, labor que forma parte del mantenimiento del área monumental vinculada a los sucesos históricos del 26 de julio de 1953. Como parte de los preparativos del aniversario … Sigue leyendo

Abel Santamaría:heroísmo sin límites de la Generación del Centenario

En el acto del 1º de mayo de 1952 para homenajear al obrero asesinado Carlos Rodríguez, Abel y Fidel se conocieron. Según Haydeé, su hermano no fue sólo segundo jefe y compañero de Fidel, sino que fue el más leal de sus amigos y quizás una de las primeras personas en reconocer los valores extraordinarios del líder revolucionario.

Abel Santamaría Cuadrado poseía un pensamiento político profundamente revolucionario. Para él, el derrocamiento de la tiranía era sólo un punto de partida para las grandes transformaciones sociales que el pueblo cubano reclamaba. Estaba muy consciente del contenido ideológico de la Revolución, de la Reforma Agraria. Su modestia, valor y sencillez eran increíbles.

Aquel 26 de julio de 1953 Abel fue todo arrojo y efusión revolucionaria, su confianza en Fidel cobró aún más fuerza. Aunque llegó un momento en el que lo esporádico de los disparos le indicaba que la acción del Moncada había fracasado, dio órdenes  de que continuara el combate en el Hospital Civil. Su hermana lo describía así:

“Allí hubo un momento, naturalmente temiendo por la vida de Abel, que alegamos que Fidel decía que Abel debía vivir. Entonces, él alegó que el que tenía que vivir era Fidel y esos tiros y ese combate allí eran para que Fidel pudiera retirarse. Recuerdo le dije que para qué quería Fidel quedar con vida si después no le quedaba a nadie para combatir y él me dijo que yo estaba engañada, que parecía mentira que yo pensara y hablara así. Que siempre y cuando Fidel quedara vivo, Fidel sabría buscarlos, que los sacaría de la inmensa cantidad de jóvenes luchadores y se haría otra cosa. Y se dirigió a mi diciéndome: ¿No te das cuenta que Fidel tiene ya un 26 de julio? Si hemos podido hacer esto sin un 26 de julio ¿qué se podrá hacer con un 26 de julio?

Hecho prisionero los verdugos se ensañaron en él y lo sometieron a terribles torturas. No podían con el valor de los hombres y probaron el valor de las mujeres. Con un ojo humano ensangrentado en las manos se presentaron un sargento y varios hombres en el calabozo donde se encontraban Melba y Haydeé. Dirigiéndose a la última, le mostraron el ojo diciéndole que era el de su hermano y que si ella no decía lo que él no quiso decir le arrancarían el otro. Ella les contestó que si le arrancaron el ojo y él no lo dijo, mucho menos lo diría ella. Más tarde regresaron y las quemaron con colillas de cigarro encendidas, diciéndole a Haydeé que ya no tenía novio tampoco, pues se lo acababan de matar, a lo que ella respondió que él no estaba muerto, “porque morir por la Patria es vivir”.

Así perdió Haydeé a su hermanito del alma y a su novio, así puso en alto el decoro y la dignidad de la mujer cubana.

Fue así como asesinaron a Abel Santamaría, al decir de Fidel, “…el más generoso, querido e intrépido de nuestros jóvenes, cuya gloriosa resistencia lo inmortaliza ante la Historia de Cuba”.

Este heroísmo sin límites caracterizó siempre a la Generación del Centenario.

El heroísmo sin límites y la oleada sangrienta.

El Manifiesto del Moncada, leído aquella noche del 26 de julio de 1953, fue redactado por Raúl Gómez García, bajo la orientación de Fidel. Este fue el primer documento donde se plasmaron los objetivos antiimperialistas y revolucionarios del nuevo movimiento de liberación que encabezaba la Generación del Centenario.

Luego de su primera lectura no cesaron de ocurrir hechos emocionantes que mostraban el valor humano y la alta sensibilidad de aquellos jóvenes dignos. Bien vale recordar el último poema de Raúl Gómez García escuchado esa misma noche:

“Ya estamos en combate…¡Adelante!

De nuestra lucha heroica depende la Cuba verdadera

La furia loca de Gómez y Agramonte

La lucha pura de Mella y de Guiteras

Adelante cubanos… ¡Adelante!

Por nuestro honor de hombres ya estamos en combate”.

Este era el poeta de la Generación del Centenario. Así de sensibles eran estos casi adolescentes, llenos de sueños y convencidos de la necesidad de su sacrificio, con una fe inquebrantable en la victoria.

Inolvidables palabras las del líder rebelde que los dirigía:

“…Si vencen mañana, se hará más pronto lo que aspiró Martí. Si ocurriera lo contrario, el gesto servirá de ejemplo al pueblo de Cuba, y de ese propio pueblo saldrán otros jóvenes dispuestos a morir por Cuba, a tomar la bandera y seguir adelante. El pueblo nos respaldará en Oriente y en toda la isla. ¡Jóvenes del Centenario del Apóstol, como el 68 y el 95, aquí en Oriente damos el primer grito de Libertad o Muerte!”

Sí, fueron momentos de mucha tensión, pero la emoción de ellos era superior. Su carga de sueños y sus ideales eran superiores.

Falló el factor sorpresa, pero el asalto trascendió,tal y como Fidel había preconizado, el pueblo incluso los protegió en sus hogares. El mundo supo que se luchaba por la libertad de Cuba.

Del heroísmo sin límites se emprendió una oleada sangrienta, quizás una de las más abominables de la historia patria. La bestial represión de la tiranía patentizó aún más el heroísmo de estos jóvenes cubanos.

Se declaró el estado de sitio en Santiago de Cuba y se ordenó el asesinato de 10 revolucionarios por cada soldado muerto en los combates. Reprimiendo y censurando a la prensa intentaron ocultar el baño de sangre.

En el histórico alegato La Historia me absolverá,  Fidel lo describía:

“..Aquí todas las formas de crueldad, ensañamiento y barbarie fueron sobrepasadas. No se mató durante un minuto, una hora, un día entero, sino que en una semana completa, los golpes, las torturas, los lanzamientos de azotea y los disparos no cesaron un instante como instrumentos de exterminio manejados por artesanos perfectos del crimen….”

Y hoy, a 57 años de la gesta heroica, siguen intentando enmudecer a los que nos rebelamos, siguen exportando guerras, financiando otras, protegiendo a terroristas, incluso a algunos de aquellos asesinos que en épocas de Batista nos arrebataron a nuestros hermanos dignos y a muchos inocentes.

Hablan de supuestas violaciones de los derechos humanos en Cuba, pero no hablan de esta oleada de crímenes que nunca olvidaremos los cubanos.

Por nuestros muertos, por nuestra Patria, hoy más que nunca estamos junto a Venezuela y hoy más que nunca, con el mismo Comandante verde olivo, con Raúl, Seguimos en combate.

A los que me debo

Amigos, si de júbilo fue el Día de la Rebeldía Nacional para mi pueblo, así de grande es el duelo que nos embarga en los días que siguieron. Sí, pudiera escribirlos yo, pero no creo que mejor que nuestro Fidel en su alegato. Por eso, aunque quizás un poco extenso, comparto con ustedes sus palabras. Duro, muy duro ha de haber sido para él escribir cada una de estas letras. Lo siento, porque muy triste ha sido para mí transcribirlas.

Mi Revolución no es perfecta, la construimos cada día cubanos y cubanas, y cuando leo la historia de mi Patria, no puedo más que repeler al tirano que aún se ensaña con nuestros pueblos y en nombre de mis muertos declararme en plena lucha.

“Multiplicad por diez el crimen del 27 de noviembre de 1871 y tendréis los crímenes monstruosos y repugnantes del 26, 27, 28 y 29 de julio de 1953 en Oriente. Los hechos están recientes todavía, pero cuando los años pasen y el cielo de la Patria se despeje, cuando los ánimos exaltados se aquieten y el miedo no turbe los espíritus, se empezará a ver en toda su espantosa realidad la magnitud de la masacre, y las generaciones venideras volverán aterrorizadas los ojos hacia este acto de barbarie sin precedentes en nuestra historia.

Aquí todas las formas de crueldad, ensañamiento y barbarie fueron sobrepasadas. No se mató durante un minuto, una hora, un día entero, sino que en una semana completa, los golpes, las torturas, los lanzamientos de azotea y los disparos no cesaron un instante como instrumentos de exterminio manejados por artesanos perfectos del crimen.

El Cuartel Moncada se convirtió en un taller de tortura y de muerte y unos hombres indignos convirtieron el uniforme militar en delantales de carniceros. Los muros se salpicaron de sangre; en las paredes las balas quedaron incrustadas con fragmentos de piel, sesos y cabellos humanos, chamusqueados por los disparos a boca de jarro, y el césped se cubría de oscura y pegajosa sangre (…)

Terminado el combate se lanzaron como fieras enfurecidas sobre la ciudad de santiago de Cuba y contra la población indefensa saciaron las primeras iras. En plena calle y muy lejos del lugar donde fue la lucha, le atravesaron el pecho de un balazo a un niño inocente que jugaba junto a la puerta de su casa, y cuando el padre se acercó para recogerlo, le atravesaron la frente con otro balazo.

Y si de esta forma actuaron con los que no habían participado en la acción, ya puede suponerse la horrible suerte que corrieron los prisioneros participantes, o que ellos creían habían participado (…)

El primer prisionero asesinado fue nuestro médico, el Doctor Mario Muñoz, que no llevaba armas ni uniforme y vestía su bata de galeno, un hombre generoso y competente, que hubiera atendido con la misma devoción, tanto al adversario como al amigo herido. En el camino del Hospital Civil al cuartel le dieron un tiro por la espalda y allí lo dejaron tendido boca-bajo en un charco de sangre. Pero la matanza en masa de prisioneros no comenzó hasta pasadas las tres de la tarde.

Batista dijo que era una vergüenza y un deshonor para el Ejército haber tenido en el combate tres veces más bajas que los atacantes y que había que matar diez prisioneros por cada soldado muerto. ¡Esta fue la orden!

En medio de las torturas les ofrecían la vida a los combatientes, si traicionando su posición ideológica se prestaban a declarar falsamente que Prío le había dado el dinero y como ellos rechazaban indignados la proposición, continuaban torturándolos horriblemente. Les trituraron los testículos y les arrancaron los ojos, pero ninguno claudicó ni se oyó un lamento ni una súplica; aun cuando les habían privado de sus órganos viriles, seguían siendo mil veces más hombres que todos sus verdugos juntos.

No respetaron ni siquiera a los heridos en el combate que estaban recluidos en distintos hospitales de la ciudad a donde los fueron a buscar como buitres que siguen a la presa. En el Centro Gallego penetraron hasta el salón de operaciones en el instante mismo en que recibían transfusión de sangre dos heridos graves; los arrancaron de las mesas, y como no podían estar en pie los llevaron arrastrando hasta la planta baja donde llegaron cadáveres.

A Pedro Miret, Abelardo Crespo y Fidel Labrador les inyectaron aire y alcanfor en las venas para matarlos en el Hospital Militar.

Por las madrugadas eran sacados del campamento grupos de hombres y trasladados en automóvil a Siboney, La Maya, Songo y otros lugares, donde se les bajaba atados y amordazados, ya deformados por las torturas, para matarlos en parajes solitarios. Después los hacían contar como muertos en combate con el Ejército. Esto lo hicieron durante varios días y muy pocos prisioneros de los que iban siendo detenidos sobrevivieron.

A muchos los obligaban antes a cavar su propia sepultura. Uno de los jóvenes cuando realizaba aquella operación se volvió y marcó en el rostro con la pica a uno de los asesinos. Otros, inclusive, los enterraron vivos con las matos atadas a la espalda. Muchos lugares solitarios sirven de cementerio a los valientes, solamente en el campo de tiro del Ejército hay cinco enterrados. Algún día serán desenterrados y llevados en hombros del pueblo hasta el monumento que junto a la tumba de Martí la Patria libre habrá de levantarles a los “Mártires del Centenario”.

Cerca del Río Cauto, en un lugar conocido por Barrancas, yacen en el fondo de un pozo ciego los cadáveres de Raúl de Aguiar, Armando del Valle y Andrés Valdés, asesinados a media noche en el camino de Alto Cedro a Palma Soriano, por el Sargento Montes de Oca, Jefe de Puesto del Cuartel de Miranda, el Cabo Maceo y el Teniente Jefe de Alto Cedro, donde aquéllos fueron detenidos.

Para mis compañeros muertos no clamo venganza. Como sus vidas no tenían precio, no podrían pagarlas con las suyas todos los criminales juntos. No es con sangre como pueden pagarse la vida de los jóvenes que mueren por el bien de un pueblo; la felicidad de ese pueblo es el único precio digno que puede pagarse por ellas.

¡O Cuba no es Cuba, o los responsables de estos hechos tendrán que sufrir un escarmiento terrible!

Mis compañeros, además, no están ni olvidados ni muertos; viven hoy más que nunca y sus matadores han de ver aterrorizados como surgen de sus cadáveres heroicos el espectro victorioso de sus ideas”.

Detalles de un heroico 26 de julio

Renato Guitart hizo el croquis del Cuartel Moncada, localizó casas y lugares de alojamiento.

Fue Ernesto Tizol quien alquiló la histórica Granjita Siboney, a unos 12 kilómetros de la ciudad de Santiago de Cuba. Allí se guardarían armas y uniformes enviados desde la capital. Llegado el momento, éste  sería el punto de concentración de los asaltantes. Aquí estarían también Haydeé y Melba.

El domingo 26 de julio miles de cubanos festejarían en los carnavales santiagueros. Las tradicionales fiestas populares harían pasar inadvertidos el traslado de los combatientes, así como de las armas que utilizarían en las acciones.

Aunque muchos miembros del Movimiento 26-7 no conocían del lugar, día y hora de las acciones militares, coincidían en ellos el patriotismo, la valentía y los ideales revolucionarios.

Ese sentimiento los unía, como nos une hoy a todos los cubanos, alrededor del mismo líder, de aquel que condujo a la Generación del Centenario y sembró en los pinos nuevos la eterna presencia del ideario martiano.

El motor pequeño que arrancó el motor grande

Para derrocar a la tiranía, tomar el poder político y hacer la Revolución era imprescindible  el apoyo del pueblo, era necesario movilizar a las masas obreras y campesinas. Hacía falta una vanguardia: la Generación del Centenario.

En esa época decía Fidel era necesario un motor pequeño que ayudara a arrancar el motor grande. De ahí que se plantearan una acción inicial, el ataque sorpresivo a un cuartel de la tiranía: el Cuartel Moncada de Santiago de Cuba.

Se escoge la fortaleza por estar alejada de la capital, lo que demoraría la llegada de refuerzos, a lo que sumaba la cercanía a la Sierra Maestra, lo que propiciaría el paso acelerado a la lucha guerrillera si fuese necesario.

Existían también aquí condiciones subjetivas, el pueblo oriental poseía una heroica tradición de lucha a lo largo de nuestra gesta emancipadora, lo que brindaba mayores probabilidades de respaldo a la sublevación armada, con toda la combatividad y patriotismo necesarios.

Otros puntos debían ser dominados  luego de tomado el Moncada, entre ellos la Policía Nacional, la Marina de Guerra y la Policía Marítima radicados en Santiago de Cuba.

Habían previsto, incluso, ocupar una estación radial para transmitir el Manifiesto del Moncada, himnos, la grabación del último discurso de Eduardo Chibás y llamarían a la huelga general.

Las armas capturadas se entregarían al pueblo para sublevar a una región y tratar de mantenerla hasta que la lucha se extendiera a toda la nación. En caso de no lograr el derrocamiento inmediato de la dictadura, la guerra de guerrilla estaba contemplada.

Algunas acciones de apoyo también fueron planificadas como el ataque al Cuartel de Bayamo y la voladura de varios puentes sobre el río Cauto, lo que cerraría el paso hacia el sur de Oriente a los refuerzos de la tiranía.

Así se concibió la gesta heroica.